dimanche 16 février 2014

“Así se acaba virmente a un hombre”. Pastor Marín


Tomado de reportecatolicolaico.com

Hace ya muchos años, nuestro amigo Pastor Marín, margariteño, anciano, excelente maestro de obra, trabajador, honesto, responsable, llegó un día a nuestra casa y consiguió a mi esposo, con un delantal puesto, lavando los platos y preparando unas empanadas.  Al verlo, no salía de su asombro, al encontrar a su amigo en labores domésticas (en ese tiempo, hombre que se preciara no se metía en la cocina) lo que le hizo decir, entre risas, la expresión que encabeza este artículo: “Así se acaba virmente a un hombre”.

Pensaría que era una vileza mía que  lo obligué a tales oficios.  Ciertamente no era así, sin embargo, esa frase la hemos usado muchas veces en la familia y ahora cuando la repienso digo que tiene mucha vigencia en nuestra adolorida patria. Una persona puede envilecerse  porque no es capaz de controlar sus debilidades, inclinaciones o vicios. En uso de la libertad que el Señor le concedió, tomó caminos que lo degradaron: las drogas, el alcohol, la lujuria, el juego, el dinero han minado su espíritu y lo han vuelto su esclavo. Puede ser que haya sido inducido por alguien o por muchos, pero es él y sólo él el responsable de su envilecimiento.

Ahora ocurre que, en los últimos quince años se ha inducido a la vileza a muchísimas personas, cuando, en el ejercicio de funciones públicas, un significativo número de civiles y militares han metido sus manos en la bolsa del Estado, enriqueciéndose obscenamente. No ha valido juramentos a la bandera,  ni a la Constitución. Se ha creado una cultura del “¿cuánto hay para eso?” Es más, alguna vez se dijo, y lo supimos: “está robando pero me está siendo útil”. No hablamos de centavos, son millones y millones de dólares. Dice nuestro Papa Francisco que “de un corazón corrupto sale la traición”.

También se envilece al hombre cuando al inculcar, sistemática y prácticamente todos los días, el odio, la envidia, la burla, el descrédito, mancillando  y humillando a tantas personas, se les ha hecho  víctimas de lo que le sembraron. Recordemos a los petroleros, gente muy bien calificada y preparada que tuvieron que emigrar porque fueron execrados de la sociedad; otros, no pudiendo aguantar las agresiones enfermaron y murieron; otros más, tuvieron que cambiar de actividad.

El armar a grupos de civiles motorizados que hicieran sentir en los opositores sus amenazas y agresiones, los envilecieron porque infravaloran la vida y supervaloran el actuar con la complicidad del régimen, que no los castiga por las fechorías cometidas.

A los pobre-pobres, se les inculcó los sentimientos de odio y de envidia, y de que su condición de pobreza es culpa de los que les habían robado su cuota parte de la riqueza colectiva (¿?). Por eso se les organizó en grupos: unos armados y  motorizados, otros, destinatarios de los programas sociales, que en vez de promoverlos como seres humanos  los ha hecho parásitos de la sociedad. Simplemente: no trabajan. ¿Dónde quedó el mandato bíblico de “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”?

Otra  forma de envilecimiento se ha dado limitando el derecho al trabajo cuando han expropiado haciendas y fábricas, o cuando no otorgan  empleos ni contratos, porque esos ciudadanos ejercieron su derecho a decidir  en un proceso electoral, y fueron estigmatizados en una lista de exclusión.

Hemos caído en una peligrosa realidad social: en tantos años, día tras día, a través de los medios de comunicación, cuya hegemonía es del Estado, esos mensajes se siguen vertiendo en el torrente social. Desde los cargos más importantes, la burla, el desprecio, el odio, la humillación, el cinismo con que se expresan, siguen siendo los principales mensajes. Esto es muy peligroso porque  las víctimas, envilecidas, pueden generar sentimientos de venganza y podrían pensar en aplicar la Ley del Talión: Ojo por ojo diente por diente.

¡Así se acaba vilmente con muchos hombres! ¡Señor ten piedad y misericordia!

Ligia Valladares de Salcedo

Caracas,  22 enero de 2014

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