Un ángel le reveló a Elías que
fuera al monte de Dios, el Horeb, para ver al Señor que pasaría por allí. Elías
hizo lo indicado por el ángel y
permaneció en el monte hasta que lo encontró. Antes de ver acercarse al Señor
pasaron tres eventos naturales y en ninguno de ellos estaba Dios.
Ese pasaje de la Escrituras me
hizo meditar cómo los venezolanos no podemos encontrar a Dios en la Venezuela actual. Ocurren cataclismos
continuados, pero el Señor no se ha
manifestado en ellos. Esos cataclismos son provocados por el hombre, no por la
naturaleza. Nunca hemos visto a Dios en ellos.
Los huracanes (Soberanía,
democracia y estructura jurídica): Según
el diccionario de la lengua española, se le dice huracán a la “Persona o cosa
de mucha fuerza o ímpetu que destruye o trastorna lo que encuentra a su paso”.
Los que han ejercido el poder han estado
llenos de “ímpetu y fuerza” y han
dedicado, en los 16 años que lo han disfrutado, a que perdiéramos nuestra
identidad como nación y a la población han tratado de convertirla al pensamiento socialista- marxista. Han tratado de cambiar la historia y reescribirla
a partir del 4 de febrero de 1992. Una
estrategia política, única, nos ha llenado de odio y de deseos de venganza
contra los hermanos que piensan distinto. Han cambiado nuestro sistema político
de democracia hacia el autoritarismo. Han
arrasado con los órganos del poder público, los partidos políticos, la empresa privada, el sistema jurídico, etc. y, además, han entregado el país a un gobierno extranjero. Hemos visto pasar fuertes lluvias con vientos
excesivamente violentos, truenos, relámpagos,
deslaves e inundaciones, pero los venezolanos no hemos visto al Señor en
ellos.
Los terremotos: La vida. Sacudidas
violentas de la integridad física, moral y espiritual de las personas, teniendo
como epicentro el poder central. Violación a los derechos de los ciudadanos,
entre ellos, los derechos humanos que, según el catecismo de la Iglesia
Católica (1930) son los “…que le dan
legitimidad a la autoridad”. Los actos violentos contra la vida de las
personas, tanto por acción, a través de los órganos represivos del Estado y de
utilización del sistema jurídico; como por omisión, dejando actuar libremente, sin reprensión ni sanción, a la
violencia contra los ciudadanos. La ruina de los valores morales y éticos de la
sociedad a través de la perversión de una parte de la población, hoy día, muy bien valorada por su
riqueza proveniente de negociados, narcotráfico, corrupción, según dicen. Por otra
parte, quebrando también la integridad
moral de las personas utilizando el
dinero público para repartir entre la población, supuestamente necesitada, con
la intención de obtener de ellos sus preferencias “políticas”. Propiciar, a
través de decisiones de políticas y económicas, el hambre, la desnutrición de
los infantes, la salud en general. Las
entrañas de la venezolanidad se han estado moviendo, pero no hemos visto pasar al Señor.
Los incendios: la economía. Implantación
de un sistema económico socialista-comunista (castrista), en una peculiar
mixtura con el sistema neoliberal. Expropiación de la propiedad privada,
nacionalización de empresas. El Estado como principal responsable de la producción
y distribución de muchos tipos de bienes y servicios. Exacerbados controles a
la actividad económica privada. Inconmensurable
dilapidación del dinero público. Alto desempleo. Emigración de una
significativa cantidad de jóvenes con
preparación superior que se han auto-exiliado buscando empleo y mejor calidad
de vida para ellos y sus familias. Alto
endeudamiento público injustificado
que compromete el futuro de nuestros niños y adolescentes. Inflación
incontrolada. Como consecuencia de todo lo anterior estamos sufriendo escasez
de artículos de primera necesidad. Tierra arrasada, pero no hemos visto al
Señor.
Entonces ¿dónde está el Señor? “en
el murmullo de una brisa suave”. Esa
brisa suave debemos construirla trabajando por la paz. Comenzando por la paz
individual de las personas, que se consigue a través de la reconciliación con
Dios, después viene la paz colectiva cuando nos reconciliemos con nuestros
hermanos (Juan XXIII). Será un proceso
lento y progresivo. Debemos empezar por tratarnos con cordialidad, amabilidad,
con una sonrisa afectiva. Después vendrán los procesos sociales que nos
ayudarán a obtener la reconciliación nacional. Como dicen los documentos
pontificios: “a la paz se llega por la justicia”. Cómo decía el Señor “Velen por los derechos
de los demás, practiquen la justicia…”
(Is 56,1). Pensamos que quizás lo
prioritario sea reconstruir la justicia
en Venezuela. Entonces diremos: Hemos visto pasar al Señor ¡y que se quede con nosotros!
Artículo publicado en www.reportecatolicolaico.com
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